Vivir en otro país

 

Cogió la maleta y cerró la puerta tras de sí, empezaba su aventura. En el aeropuerto, con una lágrima en la mejilla, fantaseaba sobre cómo sería la experiencia de vivir en otro país. Había un cierto temor a la incertidumbre, a lo desconocido, a lo que vendría, pero la adrenalina de irse de casa, dar un giro a su vida, sentirse fuerte y valiente con las riendas agarradas en sus manos, de dar pasos hacia adelante, y de sentir la libertad de tener el mundo abierto para ella, lo tapaban todo.

A su llegada encontraba a cada paso sorpresas de las que maravillarse, la ciudad era enorme con gente por todas partes montando en bicicleta, los parques grandes y hermosos, fachadas de edificios con historias que contar, un río para recorrer bajo la brillante luz del sol, bares que probar… Su nuevo piso parecía bastante pequeño pero no le importaba ahora, pronto buscaría otro mejor, lo que necesitaba era tener un lugar donde llegar.  Empezaba también con mucha ilusión un trabajo nuevo, con un contrato de formación-trabajo, se le presentó como una oportunidad donde aprendería mucho a la vez que ganaría el dinero suficiente para empezar, y si iba bien podría crecer dentro de la empresa. 

Durante los primeros tres meses su cabeza estaba ocupada en organizar el papeleo interminable, aprender a manejarse con los medios de transporte públicos, adquirir una bicicleta de segunda mano, comenzar el trabajo, conocer a los compañeros nuevos, estudiar cada día el idioma, descubrir la ciudad…y su ánimo le acompañaba, se sentía llena de energía.

Pero pronto empezó la rutina y con ella el invierno, con el frío gélido, las lluvias permanentes, y la oscuridad reinante. La tristeza empezó a emerger, junto a ella la angustia, las dudas, las dificultades, y notaba cómo la inseguridad se le pegaba a la piel. El idioma lo sentía como una barrera constante, diaria, ella tenía un mundo rico en su cabeza pero su boca sólo podía articular frases con fallos gramaticales de temas típicos de libro de academia, y únicamente entendía un 30% de las conversaciones. Unido a tener que preguntar tantas veces “¿qué?” “no entiendo ¿me lo podría repetir?” “¿podría hablar más despacio?” le hacían sentirse tonta, inferior, aburrida o no interesante, juzgada por no saber. Integrarse en un grupo no era tan sencillo tampoco, la cultura tan diferente de la española le parecía estar a un abismo de distancia, y sentía que no acababa de profundizar en las relaciones, aunque también pensaba ¿para qué? Y es que las dudas cada vez tenían un eco mayor en su cabeza ¿qué hago aquí? ¿realmente me llena? ¿era lo que buscaba? ¿hasta cuándo me quedaré aquí? 

 

En ocasiones cuando vivimos en otro país, aunque es una gran aventura y una oportunidad de crecimiento, también nos cuesta mucho adaptarnos al idioma, cultura, trabajo o estudios, a empezar a crear nuevas relaciones, a estar a distancia de nuestra familia y amigos,..y nos sentimos tristes, algo solos, inseguros, con cierta angustia y dudamos de las decisiones tomadas.

Es importante abordar las dificultades que se tienen en el día a día, comprender lo que nos bloquea para deshacerlo y avanzar, desmontar los pensamientos negativos y catastróficos que hay de base, trabajar la aceptación de nosotros mismos y resaltar nuestras fortalezas, y buscar maneras de enraizarnos aunque el tiempo que pensemos vivir fuera sea limitado, con un grupo de personas y actividades de ocio que nos hagan sentir bien e integrados. Estando fuera de nuestra zona de confort todo se hace más costoso y difícil, por eso es importante apoyarnos a nosotros mismos y tener paciencia con nuestro proceso, e ir creando nuestro camino, fijándonos en lo que sí podemos hacer, en las oportunidades de crecimiento personal, laboral, social y emocional que nos brinda ese país.

 

No estás solo, pide ayuda si lo necesitas.

(Es un fragmento de historia basada en la experiencia del trabajo con hispanoparlantes que se han ido a vivir fuera de su país)