Baja autoestima, 10 signos sutiles de un problema voraz

  1. ¿Cuando estás con gente y opinas, si ves que otra persona rebate lo que dices, intentas poco a poco acercar tu opinión a la del otro casi de forma automática?
  2. ¿Al organizar un plan con otras personas, sueles decir “me da igual”?
  3. ¿Cuando te miras al espejo sientes incomodidad y fijación por ciertas partes de tu cuerpo que no te gustan?
  4. ¿Sueles decir con frecuencia “no pasa nada, no importa” evitando enfrentar situaciones conflictivas?
  5. ¿Cuando algo te molesta sueles decirte “no debería molestarme”?
  6. ¿Intentas esforzarte siempre lo más posible en cada cosa que haces, aunque sean de poca importancia y estés cansado/a?
  7. ¿Evitas hablar en público?
  8. ¿Temes las discusiones?
  9. ¿Te resulta difícil reclamar en una tienda, restaurante u hotel?
  10. ¿Te cuesta realizar ejercicios de improvisación?

Tener baja autoestima es como cargar constantemente con nuestra peor pesadilla, una voz interna destructiva, que todo lo ve mal, que mina nuestra seguridad, exigente al extremo, sin paciencia ni consideración, incansable con la crítica fácil, para quien nada es suficiente. La sensación es de pérdida de libertad y espontaneidad, de estar atrapados sin poder despegarnos de esa voz insoportable. Pero hay una parte de beneficio en todo ello, quizá sensación de control ante nuestros peores miedos, pero es doloroso el precio que se paga.

 

La baja autoestima refleja, cual cartel de neón, que algo nos ha costado encajar en nuestra vida, algo nos afectó en nuestro pasado, y que nos hemos ido colocando en un punto de autodesprecio y autoexigencia para poder seguir adelante, nos indica una lucha interna. Pero es una carga muy grande la que llevamos, que nos afecta en nuestro día a día, en el trabajo, con nuestros amigos, en el amor, en nuestro estado de ánimo, etc.

 

Por eso es importante detectarla y abordarlo, entender de dónde viene, con qué está relacionada, cuándo aprendimos a tratarnos así, sacarlo a la luz y enfrentarlo, para poder elaborarlo y desprendernos, recolocándonos en un punto más sano.

 

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